martes, 2 de marzo de 2010

La plaza de toros de Acho

Las corridas de toros son de las pocas costumbres que persisten desde la época colonial. El testimonio que sigue a continuación, de un súbdito británico que vino en 1823, demuestra que en algunos aspectos, Lima es la misma de hace 200 años.


A pesar que las corridas de toros fueron abolidas por la Constitución aprobada por el Congreso, como contrarias a la actual época de iluminación y civilización, en cuanto se supo que el Libertador era extremadamente aficionado a ellas, las autoridades se mostraron ansiosas de complacer los deseos de áquel y anunciaron una serie de estos espectáculos a un nivel espléndido, para deleite de las masas ávídas de tomar parte de esta fiesta en que se divierten tanto. Además de complacer los deseos de Bolívar, el gobierno sin duda encontró un modo muy conveniente de obtener dinero: la plaza pertenece al Estado, y el dinero que produce siempre fue renta de los virreyes. Desde varios días antes todos los esfuerzos se hicieron para preparar la plaza, que estaba en muy mal estado por falta de uso, y muchos problemas hubo para reunir el número de fieros toros desde todas partes del país. Un famoso matador de nombre Espinosa fue llamado desde Ica, donde estaba ocupado como capitán de unos montoneros contra los españoles.

El día señalado todo era preparativos y gozo en Lima; las tiendas fueron cerradas, los negocios suspendidos, y la gente de todas las clases se vistió con sus prendas más alegres, y el día fue feriado.



La plaza de toros está situada en medio de la alameda, en la otra orilla del río Rímac, a medio camino entre la ciudad y los baños a los que nos referimos antes. Hacia el medio día la alameda estaba llena de gente: de hecho, toda la elegancia de Lima iba como en un solo movimiento hacia el espectáculo. Caballeros noblemente montados, la mayoría de los cuales eran oficiales, se abrían paso en uno y otro sentido del paseo para mostrar sus llamativos uniformes, cubiertos con medallas y órdenes de distinción; mientras las mujeres espléndidamente vestidas sobre sus calesas, sonreían educadamente a las agradables reverencias de los caballeros. Muchas mujeres aparecieron, siguiendo la costumbre local, montadas sobre pequeños caballos. Ellas estaban principalmente con vestidos blancos, y largos pantalones blancos con pequeños pliegues: los pies en calzado de satín, con ligeras espuelas de plata sobre pequeños estribos del mismo metal complementaban bien la indumentaria. Sobre sus cabezas llevaban pequeños sombreros como los de los hombres.

Las veredas, al mismo tiempo, estaban tan llenas de una variedad de gentes de todas las clases, que sólo era posible avanzar al paso de la multitud. Las calles y casas de Lima estaban literalmente desiertas porque todos marchaban al escenario del placer.

El coso es un círculo de 100 o 150 yardas de diámetro: el suelo es de tierra allanada, y en su centro hay sólidos postes a corta distancia entre ellos, por donde se escabullen los toreros de la furia del animal: alrededor de la arena, por cierto, hay una barrera que los toreros pueden saltar en caso sean perseguidos y no puedan alcanzar los postes en el centro.

Todo el recinto está descubierto y rodeado por muros de adobe, y dentro de él se ubican los asientos y los palcos que forman galerías. Abajo están los palcos, sobre ellos las filas de asientos, de las que las dos primeras están separadas y numeradas para asegurar su uso privado, las restantes son de uso sin distinción. Más altos que los demás están los palcos principales. Se llega a los asientos y a los palcos por unas estrechas galerías que corren por detrás de ellos. Desde ellas puede verse el corral donde mantienen a los toros, en ese momento domados y dóciles pero que, antes de ser soltados, serán atormentados casi hasta la locura.

Entre este corral y la arena hay cuatro jaulas, en sucesión, cada una como para acomodar a un toro: las jaulas están hechas de palos amarrados y en ellas meten igual número de toros. La jaula próxima a la puerta de la arena es llamada el vestidor, y aquí el pobre animal es torturado para provocar su furia, principalmente poniéndole un espléndido traje de cintas, cosidas a pinchazos sobre su piel: también se le ponen cohetes que revientan cuando sale el animal.



El palco del presidente, en el extremo opuesto a la puerta por donde sale el toro, está adornado en bella forma. Debajo de él se ubican dos bandas de música que se alternan durante toda la fiesta. Del lado opuesto al palco del presidente, y sobre el vestidor del toro, toma asiento el Cabildo, frente al cual están suspendidas una banderillas adornadas con cintas y que son lanzadas sobre el toro para aturdirlo y además causarle dolorosas heridas. Quizá deba mencionar que el precio de los palcos de seis asientos es de 8 dólares, además de medio dolar que se cobra en la entrada: los asientos del frente cuestan medio dólar cada uno, más medio dólar la entrada. Al común de la gente sólo se le cobra la entrada.

Robert Proctor Esq.
Narrative of a journey across the Cordillera of the Andes and of a residence in Lima and other parts of Peru in the years 1823 and 1824.
London. 1825

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Seguidores